14.5.09
A Edgar Pastor Sosa, por su amistad incondicional
Qué feliz era con tan poco. El camión iba vacío y aún así, cada vez que se subía una señora o una chica, se levantaba veloz a cederle su asiento con una reverencia. Su amabilidad me simpatizó las dos primeras veces, pero me fue exacerbando con las subsecuentes repeticiones. Saludaba a la gente que desde la calle observaba hacia el interior del camión. El movimiento de su mano indicaba una inquietud producida por MDMA. Su jovialidad debía estar inducida por anfetaminas, de eso no tenía duda. La gente lo veía con asombro y desconfianza. No sé si fue por compasión pero sentí que no debía ser juzgado de ese modo, sólo estaba tratando de ser amable, su adicción no molestaba a nadie. ¡Oh, pero qué equivocado estaba! Lo miré a los ojos pero sus pupilas no estaban dilatadas; su mirada no tenía presencia, pero el vacío no era producto de las drogas, no, por supuesto que no. La ausencia de espíritu era evidente: su playera decía “Hollywood”. Era un tipo de cuidado. Empecé a temer al tiempo en que la irritación que me provocaba hervía mi sangre. Miré a mi alrededor. El paisaje pesimista me ubicó en la realidad. ¡Sólo un loco puede ser feliz dentro de esta mierda! Un autobús hediondo, ruidoso, inseguro; tráfico suficiente para desesperar al más paciente, suciedad a lo largo de todas las calles, depresión, hartazgo, cansancio. ¿Acaso no se daba cuenta del rostro de fastidio de los pasajeros? Algunos regresaban de realizar sus obligaciones, otros a continuarlas.
Recuerdo al señor que se sentó a mi lado: era médico, sus manos lo delataban. O aquél trajeado de cabello engominado, gestor o abogado, seguramente. Las señoras con bolsas de mandado arrastrando dos niños anémicos y mugrosos. La secretaria de falda entallada, zapatos corrientes y fealdad disfrazada con maquillaje. Todos con cosas que hacer, deberes por responder, cuentas que entregar, por cobrar o por pagar. Todos en la dinámica de la vida social. Y este recién salido del manicomio supone que la simpatía es suficiente para arrancar sonrisas a extraños. ¡Qué desparpajo, qué ofensa, por Dios!
Hubo quien le sonreía tímidamente y después lo ignoraban, hipócritas. Otros cuchicheaban y luego soltaban risitas a escondidas, cobardes. Yo lo miraba con desdén, como el loco que era, como quien mira un fantasma, se sobresalta y luego se hace el desentendido.
¿Cuándo tendría fin esta invitación a la violencia? ¡Carajo, ya que se baje! Si hay algo que me enferma es la felicidad sin motivo, las sonrisas obsequiadas sin discreción. Intenté serenarme. Ya faltaba poco para que bajara del camión. ¡Ah, pero de nuevo su alegría se me presentaba de frente, abofeteándome, como si yo tuviera que dejar de fruncir el ceño!
El autobús comenzó a tomar velocidad, al parecer tenía prisa. Con los primeros dos arrancones su rostro brilló, como si estuviera en un paseo, en una aventura. Temí que la descarga de adrenalina lo desubicara aún más. En cualquier momento este tipo nos mata a todos, pensé. Al cabo de tres sacudidas su rostro se petrificó. Ahora no había gesticulación alguna. ¿Estaría preparándose para agredirnos sorpresivamente, o simple y llanamente habíase dado cuenta de la ignominia de que era objeto? No podía arriesgarme. Un arrebato de envidia y de rabia me obligó a estrangularlo.
Cuando yacía tirado en el piso del autobús, con todos los ojos sobre mí no soporté la tentación de decir “ahora sí, nos libramos de la felicidad de Hollywood”. Miré a aquellos fantasmas, me hice el desentendido y grité “en la esquina, por favor”.

Recuerdo al señor que se sentó a mi lado: era médico, sus manos lo delataban. O aquél trajeado de cabello engominado, gestor o abogado, seguramente. Las señoras con bolsas de mandado arrastrando dos niños anémicos y mugrosos. La secretaria de falda entallada, zapatos corrientes y fealdad disfrazada con maquillaje. Todos con cosas que hacer, deberes por responder, cuentas que entregar, por cobrar o por pagar. Todos en la dinámica de la vida social. Y este recién salido del manicomio supone que la simpatía es suficiente para arrancar sonrisas a extraños. ¡Qué desparpajo, qué ofensa, por Dios!
Hubo quien le sonreía tímidamente y después lo ignoraban, hipócritas. Otros cuchicheaban y luego soltaban risitas a escondidas, cobardes. Yo lo miraba con desdén, como el loco que era, como quien mira un fantasma, se sobresalta y luego se hace el desentendido.
¿Cuándo tendría fin esta invitación a la violencia? ¡Carajo, ya que se baje! Si hay algo que me enferma es la felicidad sin motivo, las sonrisas obsequiadas sin discreción. Intenté serenarme. Ya faltaba poco para que bajara del camión. ¡Ah, pero de nuevo su alegría se me presentaba de frente, abofeteándome, como si yo tuviera que dejar de fruncir el ceño!
El autobús comenzó a tomar velocidad, al parecer tenía prisa. Con los primeros dos arrancones su rostro brilló, como si estuviera en un paseo, en una aventura. Temí que la descarga de adrenalina lo desubicara aún más. En cualquier momento este tipo nos mata a todos, pensé. Al cabo de tres sacudidas su rostro se petrificó. Ahora no había gesticulación alguna. ¿Estaría preparándose para agredirnos sorpresivamente, o simple y llanamente habíase dado cuenta de la ignominia de que era objeto? No podía arriesgarme. Un arrebato de envidia y de rabia me obligó a estrangularlo.
Cuando yacía tirado en el piso del autobús, con todos los ojos sobre mí no soporté la tentación de decir “ahora sí, nos libramos de la felicidad de Hollywood”. Miré a aquellos fantasmas, me hice el desentendido y grité “en la esquina, por favor”.
