25.10.09
(Este cuento se lee mejor escuchando Eight flew over, one was destroyed de Mew: ponle play y disfrútalo)
Con el perdón de Oliverio Girondo
para Blanqui, de nuevo
y a Mariel
Soy yo
de nuevo
sigo
resisto
me persigo.
Así comienza mi historia: Aurora me dijo “quiero conocer las estrellas” y yo sonreí y lo olvidé. Pasaron muchos años hasta que la inquietud me impulsó a buscarla de nuevo y pedirle que saliéramos a conocerlas.
¿Qué estaba buscando? ¿Qué pretendía encontrar? A veces pienso, no sé muy bien, que esperaba simplemente salir de la rutina, hacer algo nuevo, diferente. Estaba sedado y me urgía despertar.
¡Qué portentosa felicidad logré hallar!
Conocí a Aurora en la secundaria cuando éramos unos chamacos ridículos con granos y muchas expectativas. Aún recuerdo vivamente su singular timidez y las sonrisas que de pronto escapaban tiernamente: fue la primera mujer que me gustó. Nos hicimos buenos amigos hasta que terminamos la secundaria y nuestros caminos se separaron. De aquélla época data su formidable frase eterna. Desde entonces no la he vuelto a ver pero mantenemos comunicación epistolar. El sol me sonreía y el mundo preparaba grandes cosas para mí.
Con el tiempo perdí el entusiasmo hasta convertirme en un despreciable antipático. Mi vista se hizo borrosa y sólo apreciaba las desgracias de la humanidad: maestros dogmáticos, estudiantes apáticos, trabajadores alienados, autoridades serviles, mujeres aburridas y hombres imbéciles: todos sumergidos hasta el copete en la dinámica de perseguir la chuleta: todos corriendo presurosos detrás del dinero como si se tratara de la Gran Revelación. Una verdadera edad oscura sin ninguna dignidad.
¿Qué de bueno tiene vivir así? Me preguntaba. Todos los días eran iguales y tan sólo levantarme era un verdadero suplicio. Ya nada me animaba a hacer nada, sólo me dejaba arrastrar como basura en el agua hasta quedarme estancado. Así pasaba mi tiempo entre quejas, holgazanería y enajenación: las grandes cosas que el mundo me tenía preparadas eran: terminar videojuegos en los niveles más complicados y… ya.
Pero un buen día, ¡oh mi bella Aurora! Apareció de pronto con una de sus cartas de la que extraigo un fragmento: Es que ni siquiera recuerdo ese momento, pero cómo me aferro a la imagen de mi cuerpo entre sus brazos. Todo se convierte en lugares comunes, en recrearme sus ojos una, y otra, y otra vez, sólo porque no se me ocurre en qué más pensar, porque no se me ocurre a qué otra cosa asirme. Y fue esa sintonía, esa afinidad de vacío, perder el piso en una alberca sin saber nadar, que me sentí de nuevo vinculado a ella y recuperé el ánimo de establecer conversación.
Entonces la busqué y me enteré de su historia: Aurora ha viajado como los trotamundos: Austria, Bélgica, República Checa, Dinamarca, Francia, Alemania, Grecia, Irlanda, Italia, Mónaco, Eslovaquia, España, Suiza, Holanda, Inglaterra, Antigua y Barbuda, Barbados, Dominica, México, Puerto Rico, Santa Lucía, Canadá, El Salvador, Guatemala, Honduras, Argentina, Chile y Estados Unidos forman parte de sus recuerdos: es cosmopolita. Y no sólo eso: es políglota. Está vinculada a la Tierra, nada le es ajeno, su patria es el mundo, pertenece al universo, es brillante como las estrellas, simplemente una mujer estelar que me mostró, en actos más que en palabras volátiles, la actitud con la que se debe enfrentar la vida: disfrutar del mundo, sus paisajes y su gente, con la certeza que da la dicha de estar vivo, percibir con todos los sentidos y maravillarse de poder sentir tanto felicidad como tristeza.
Y así fue como nací por segunda vez. Al igual que la primera ya tenía determinado mi nombre, mis apellidos, mi familia, mi idioma: ya existía, por así decirlo, un plan para mí, un plan de vida, un camino por recorrer, como una suerte de fatalidad, un destino. Fui a la escuela durante veinte años: desde que cumplí tres hasta veintitrés, pero nunca aprendí tanto como de mi amiga estelar: mi estrella fugaz que convivió conmigo durante un instante: Aurora. Empero, desde entonces soy libre y no hay más destino que el que yo construyo cada día.
Pero debo decir que no fue fácil, sino incluso doloroso: un renacimiento, como sucede con los neonatos, es presentarse al mundo desnudo, llorando: vulnerable. Pero a la vez es extraordinario: la capacidad de asombro se renueva con cada reconocimiento y descubrimiento de la naturaleza, como aquella profunda conexión cósmica que han descubierto los astrofísicos modernos: excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz en el espacio y hace miles de millones de años en el tiempo. Somos, como diría Sagan, materia estelar.
Ahora, a pesar de los hechos absurdos que suceden en el mundo o mi natural tendencia a la depresión u otros estados de ánimo desoladores ya no se nubla mi mente: hoy disfruto levantarme cada mañana a desayunar fruta, obsequiar sonrisas a desconocidos, conversar con mis amigos hasta que el día se desvanece y me deja solitario en la noche, en espera de Aurora. Hace tiempo que no he vuelto a retomar mis ideas catastróficas.
No he dejado mis hábitos taciturnos, al contrario, los afirmo: en estas circunstancias he recordado a Berdiaev: la noche tiene revelaciones que el día ignora, se vincula con los orígenes de la vida: las estrellas la iluminan. La luz de Aurora se presiente en la oscuridad de la noche.
No reencarné ni tuve una segunda vida. Mi renacimiento, como el de la historia de la humanidad, consistió en revalorar, crear, aprender, conversar, resignificar, evolucionar: construir mi camino con libertad y responsabilidad. Ahora doy gracias a todos y, sobre todo, a Aurora.
¿Qué estaba buscando? ¿Qué pretendía encontrar? A veces pienso, no sé muy bien, que esperaba simplemente salir de la rutina, hacer algo nuevo, diferente. Estaba sedado y me urgía despertar.
¡Qué portentosa felicidad logré hallar!
Conocí a Aurora en la secundaria cuando éramos unos chamacos ridículos con granos y muchas expectativas. Aún recuerdo vivamente su singular timidez y las sonrisas que de pronto escapaban tiernamente: fue la primera mujer que me gustó. Nos hicimos buenos amigos hasta que terminamos la secundaria y nuestros caminos se separaron. De aquélla época data su formidable frase eterna. Desde entonces no la he vuelto a ver pero mantenemos comunicación epistolar. El sol me sonreía y el mundo preparaba grandes cosas para mí.
Con el tiempo perdí el entusiasmo hasta convertirme en un despreciable antipático. Mi vista se hizo borrosa y sólo apreciaba las desgracias de la humanidad: maestros dogmáticos, estudiantes apáticos, trabajadores alienados, autoridades serviles, mujeres aburridas y hombres imbéciles: todos sumergidos hasta el copete en la dinámica de perseguir la chuleta: todos corriendo presurosos detrás del dinero como si se tratara de la Gran Revelación. Una verdadera edad oscura sin ninguna dignidad.
¿Qué de bueno tiene vivir así? Me preguntaba. Todos los días eran iguales y tan sólo levantarme era un verdadero suplicio. Ya nada me animaba a hacer nada, sólo me dejaba arrastrar como basura en el agua hasta quedarme estancado. Así pasaba mi tiempo entre quejas, holgazanería y enajenación: las grandes cosas que el mundo me tenía preparadas eran: terminar videojuegos en los niveles más complicados y… ya.
Pero un buen día, ¡oh mi bella Aurora! Apareció de pronto con una de sus cartas de la que extraigo un fragmento: Es que ni siquiera recuerdo ese momento, pero cómo me aferro a la imagen de mi cuerpo entre sus brazos. Todo se convierte en lugares comunes, en recrearme sus ojos una, y otra, y otra vez, sólo porque no se me ocurre en qué más pensar, porque no se me ocurre a qué otra cosa asirme. Y fue esa sintonía, esa afinidad de vacío, perder el piso en una alberca sin saber nadar, que me sentí de nuevo vinculado a ella y recuperé el ánimo de establecer conversación.
Entonces la busqué y me enteré de su historia: Aurora ha viajado como los trotamundos: Austria, Bélgica, República Checa, Dinamarca, Francia, Alemania, Grecia, Irlanda, Italia, Mónaco, Eslovaquia, España, Suiza, Holanda, Inglaterra, Antigua y Barbuda, Barbados, Dominica, México, Puerto Rico, Santa Lucía, Canadá, El Salvador, Guatemala, Honduras, Argentina, Chile y Estados Unidos forman parte de sus recuerdos: es cosmopolita. Y no sólo eso: es políglota. Está vinculada a la Tierra, nada le es ajeno, su patria es el mundo, pertenece al universo, es brillante como las estrellas, simplemente una mujer estelar que me mostró, en actos más que en palabras volátiles, la actitud con la que se debe enfrentar la vida: disfrutar del mundo, sus paisajes y su gente, con la certeza que da la dicha de estar vivo, percibir con todos los sentidos y maravillarse de poder sentir tanto felicidad como tristeza.
Y así fue como nací por segunda vez. Al igual que la primera ya tenía determinado mi nombre, mis apellidos, mi familia, mi idioma: ya existía, por así decirlo, un plan para mí, un plan de vida, un camino por recorrer, como una suerte de fatalidad, un destino. Fui a la escuela durante veinte años: desde que cumplí tres hasta veintitrés, pero nunca aprendí tanto como de mi amiga estelar: mi estrella fugaz que convivió conmigo durante un instante: Aurora. Empero, desde entonces soy libre y no hay más destino que el que yo construyo cada día.
Pero debo decir que no fue fácil, sino incluso doloroso: un renacimiento, como sucede con los neonatos, es presentarse al mundo desnudo, llorando: vulnerable. Pero a la vez es extraordinario: la capacidad de asombro se renueva con cada reconocimiento y descubrimiento de la naturaleza, como aquella profunda conexión cósmica que han descubierto los astrofísicos modernos: excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz en el espacio y hace miles de millones de años en el tiempo. Somos, como diría Sagan, materia estelar.
Ahora, a pesar de los hechos absurdos que suceden en el mundo o mi natural tendencia a la depresión u otros estados de ánimo desoladores ya no se nubla mi mente: hoy disfruto levantarme cada mañana a desayunar fruta, obsequiar sonrisas a desconocidos, conversar con mis amigos hasta que el día se desvanece y me deja solitario en la noche, en espera de Aurora. Hace tiempo que no he vuelto a retomar mis ideas catastróficas.
No he dejado mis hábitos taciturnos, al contrario, los afirmo: en estas circunstancias he recordado a Berdiaev: la noche tiene revelaciones que el día ignora, se vincula con los orígenes de la vida: las estrellas la iluminan. La luz de Aurora se presiente en la oscuridad de la noche.
No reencarné ni tuve una segunda vida. Mi renacimiento, como el de la historia de la humanidad, consistió en revalorar, crear, aprender, conversar, resignificar, evolucionar: construir mi camino con libertad y responsabilidad. Ahora doy gracias a todos y, sobre todo, a Aurora.
Soy yo
de nuevo
despertando
vivo
Aridandantemente
prosigo.
