Una chica estelar

25.10.09

(Este cuento se lee mejor escuchando Eight flew over, one was destroyed de Mew: ponle play y disfrútalo)




Con el perdón de Oliverio Girondo

para Blanqui, de nuevo
y a Mariel

Soy yo
de nuevo
sigo
resisto
me persigo.

Así comienza mi historia: Aurora me dijo “quiero conocer las estrellas” y yo sonreí y lo olvidé. Pasaron muchos años hasta que la inquietud me impulsó a buscarla de nuevo y pedirle que saliéramos a conocerlas.

¿Qué estaba buscando? ¿Qué pretendía encontrar? A veces pienso, no sé muy bien, que esperaba simplemente salir de la rutina, hacer algo nuevo, diferente. Estaba sedado y me urgía despertar.

¡Qué portentosa felicidad logré hallar!

Conocí a Aurora en la secundaria cuando éramos unos chamacos ridículos con granos y muchas expectativas. Aún recuerdo vivamente su singular timidez y las sonrisas que de pronto escapaban tiernamente: fue la primera mujer que me gustó. Nos hicimos buenos amigos hasta que terminamos la secundaria y nuestros caminos se separaron. De aquélla época data su formidable frase eterna. Desde entonces no la he vuelto a ver pero mantenemos comunicación epistolar. El sol me sonreía y el mundo preparaba grandes cosas para mí.

Con el tiempo perdí el entusiasmo hasta convertirme en un despreciable antipático. Mi vista se hizo borrosa y sólo apreciaba las desgracias de la humanidad: maestros dogmáticos, estudiantes apáticos, trabajadores alienados, autoridades serviles, mujeres aburridas y hombres imbéciles: todos sumergidos hasta el copete en la dinámica de perseguir la chuleta: todos corriendo presurosos detrás del dinero como si se tratara de la Gran Revelación. Una verdadera edad oscura sin ninguna dignidad.

¿Qué de bueno tiene vivir así? Me preguntaba. Todos los días eran iguales y tan sólo levantarme era un verdadero suplicio. Ya nada me animaba a hacer nada, sólo me dejaba arrastrar como basura en el agua hasta quedarme estancado. Así pasaba mi tiempo entre quejas, holgazanería y enajenación: las grandes cosas que el mundo me tenía preparadas eran: terminar videojuegos en los niveles más complicados y… ya.

Pero un buen día, ¡oh mi bella Aurora! Apareció de pronto con una de sus cartas de la que extraigo un fragmento: Es que ni siquiera recuerdo ese momento, pero cómo me aferro a la imagen de mi cuerpo entre sus brazos. Todo se convierte en lugares comunes, en recrearme sus ojos una, y otra, y otra vez, sólo porque no se me ocurre en qué más pensar, porque no se me ocurre a qué otra cosa asirme. Y fue esa sintonía, esa afinidad de vacío, perder el piso en una alberca sin saber nadar, que me sentí de nuevo vinculado a ella y recuperé el ánimo de establecer conversación.

Entonces la busqué y me enteré de su historia: Aurora ha viajado como los trotamundos: Austria, Bélgica, República Checa, Dinamarca, Francia, Alemania, Grecia, Irlanda, Italia, Mónaco, Eslovaquia, España, Suiza, Holanda, Inglaterra, Antigua y Barbuda, Barbados, Dominica, México, Puerto Rico, Santa Lucía, Canadá, El Salvador, Guatemala, Honduras, Argentina, Chile y Estados Unidos forman parte de sus recuerdos: es cosmopolita. Y no sólo eso: es políglota. Está vinculada a la Tierra, nada le es ajeno, su patria es el mundo, pertenece al universo, es brillante como las estrellas, simplemente una mujer estelar que me mostró, en actos más que en palabras volátiles, la actitud con la que se debe enfrentar la vida: disfrutar del mundo, sus paisajes y su gente, con la certeza que da la dicha de estar vivo, percibir con todos los sentidos y maravillarse de poder sentir tanto felicidad como tristeza.

Y así fue como nací por segunda vez. Al igual que la primera ya tenía determinado mi nombre, mis apellidos, mi familia, mi idioma: ya existía, por así decirlo, un plan para mí, un plan de vida, un camino por recorrer, como una suerte de fatalidad, un destino. Fui a la escuela durante veinte años: desde que cumplí tres hasta veintitrés, pero nunca aprendí tanto como de mi amiga estelar: mi estrella fugaz que convivió conmigo durante un instante: Aurora. Empero, desde entonces soy libre y no hay más destino que el que yo construyo cada día.

Pero debo decir que no fue fácil, sino incluso doloroso: un renacimiento, como sucede con los neonatos, es presentarse al mundo desnudo, llorando: vulnerable. Pero a la vez es extraordinario: la capacidad de asombro se renueva con cada reconocimiento y descubrimiento de la naturaleza, como aquella profunda conexión cósmica que han descubierto los astrofísicos modernos: excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz en el espacio y hace miles de millones de años en el tiempo. Somos, como diría Sagan, materia estelar.

Ahora, a pesar de los hechos absurdos que suceden en el mundo o mi natural tendencia a la depresión u otros estados de ánimo desoladores ya no se nubla mi mente: hoy disfruto levantarme cada mañana a desayunar fruta, obsequiar sonrisas a desconocidos, conversar con mis amigos hasta que el día se desvanece y me deja solitario en la noche, en espera de Aurora. Hace tiempo que no he vuelto a retomar mis ideas catastróficas.

No he dejado mis hábitos taciturnos, al contrario, los afirmo: en estas circunstancias he recordado a Berdiaev: la noche tiene revelaciones que el día ignora, se vincula con los orígenes de la vida: las estrellas la iluminan. La luz de Aurora se presiente en la oscuridad de la noche.

No reencarné ni tuve una segunda vida. Mi renacimiento, como el de la historia de la humanidad, consistió en revalorar, crear, aprender, conversar, resignificar, evolucionar: construir mi camino con libertad y responsabilidad. Ahora doy gracias a todos y, sobre todo, a Aurora.

Soy yo
de nuevo
despertando
vivo
Aridandantemente
prosigo.

Callejón sin salida

24.9.09

Por Beno Chilián, El Conspirador

Para que no se me vaya a juzgar como terrorista debo aclarar que en esta confesión sólo hablo por mí, exclusivamente a título personal.

No soy un enfermo ni un sociópata, sólo no creo en nada. Yo no soy de aquellos que hacen todo lo posible por mejorar el mundo con acciones filantrópicas de maquillaje; soy lo contrario: soy de aquellos que saben que el mundo está mal porque yo estoy mal y no me interesa mejorar. ¿Cómo mejorar el mundo si yo no quiero mejorar? Vivo plácidamente en la irresponsabilidad, la indiferencia y la estulticia. Cuando camino por las calles no me preocupo por la suciedad, el tráfico o los indigentes; es más, alimento el desastre y el caos con mi desdén. ¿Para qué mortificarme si nada va a cambiar, si convivimos con la desgracia, unidos de la mano, caminando hacia el suicidio universal, muriendo cada día un poco más? No tengo nada bueno que ofrecerle al mundo y no me incomoda esa situación. Saberme transitorio en este valle de lágrimas aliviana la carga de culpa que podría motivarme a hacer algo en favor de la comunidad. Afortunadamente la desesperanza y el vacío se apoderan de mi ánimo y me invitan a dejarme llevar por la corriente.

Para ilustrar mejor mi indisposición les contaré una anécdota reciente: anoche, mientras repasaba unas fotografías de Verónica me descubrí pervertido, adusto y descompuesto: un deseo se apoderó de mi mente: estrujarla, ofenderla, humillarla. Se preguntarán: ¿qué insensatez cometió para incitarme a semejante bravuconería? Verán: siempre he pensado que después de los 18 años la virginidad estorba. Verónica tiene 22 años y aún la conserva como su más preciado tesoro. Yo le he pedido en repetidas ocasiones que tengamos relaciones y ella se rehúsa porque no tenemos una relación formal. Ella argumenta que sus besos son suficiente razón para que yo le declare formalmente mi amor y entonces sí podamos tener sexo. La contradije aduciendo que no podía esperar que la amara sólo por sus besos, que para que el amor fuera posible necesitaba conocer lo que piensa. Pero en este mundo donde reina el absurdo, resulta obvio que ella se dedique única y exclusivamente a alimentar su cuerpo y deje desamparada su mente. La increpé diciendo que es ella quien le da tanta importancia al sexo al descuidar el desarrollo de su pensamiento y ofrecer como única fuente de convivencia, su cuerpo. ¿De qué vamos a hablar cuando no estemos cogiendo? ¿Del clima? ¡Por favor! ¡Eso hasta con el chofer de la ruta!

Como verán, la estupidez es el epítome de esta historia. Pero ¿acaso no acabo de reconocer mi propia estupidez líneas arriba? Por supuesto y precisamente eso me contuvo. He de reconocer que me parece una lástima haber dejado pasar la oportunidad de intentar ubicarla. ¿Ubicarla? ¿Dónde si todos estamos equivocados? Entonces, con la hipocresía que caracteriza a la sociedad, mejor opté por invitarla al cine y hacerme el desentendido.

Con esta breve anécdota he dejado en evidencia que también soy víctima de las pasiones que abordan a los revolucionarios que con arrojo se han lanzado a la inasequible empresa de modificar los paradigmas sociales. He llegado a sentir la necesidad de ver cimbrar las estructuras mentales y sociales, a pensar que es un imperativo categórico intentar forjar un mejor mundo dónde vivir. Pero para ello haría falta que toda la humanidad, durante 10 generaciones, se abocara a realizar la demencial empresa, o en su defecto, cometer algunos delitos como sedición y motín. Pero vaya, ¿quién soy yo para guiar el camino? Nuevamente vuelve a mí la calma y el desinterés.

Dicho lo anterior puedo definirme como un cínico mediocre, o en palabras de Norberto Bobbio un moderado: “el moderado no tiene gran opinión de sí mismo, no porque se menosprecie sino porque es propenso a creer más en la miseria que en la grandeza humana y él es sólo un hombre como los demás”. Es decir, una señal inequívoca de mi propia mediocridad es el hecho trágico y desolador del interés que pone en mí gente tanto o más mediocre que yo, y como ejemplo volvemos a Verónica.

Debo concluir reconociendo que tengo problemas, y es más, conozco sus soluciones pero ninguno de ellos me abruma ni me angustia, al contrario, me complementan y soy muy dichoso de saberlo. Ahora sólo queda la expectativa de comer mañana un buen bistec. ¡Vamos, brindemos por nuestra miseria! Estamos podridos y es donde más nos sentimos a gusto, ¿no? Finalmente somos unos cerdos insaciables, perdón, ¡soy un cerdo insaciable! ¡Salud!


El sigilo de la confesión

20.8.09


A Blanqui, nomás porque sí



¿Me dejarás consentirte? —le pregunté tomándola del brazo para que dirigiera sus ojos hacia los míos —Pareciera como si escondieras algo que te está molestando, que no te deja tranquilizarte.

Hubo silencio de aprobación.

La llevé a mi apartamento en San Francisco, cerca de la Cruz Roja. La invité a pasar. Le prometí que le haría de comer. Yo no sé cocinar nada, en absoluto, ella, en cambio, ha aprendido involuntariamente: todos los días, a las cinco de la tarde, con su mandil desgastado se dispone a cocinar para los habitantes de su casa: su abuelo, sus hermanos, su primo y su pequeña sobrina. Su primo se refiere a ella como Missy, apócope de “mi sirvienta”. Luego hace el quehacer. Así ha sido desde que tenía doce años, ahora tiene diecisiete.

Tomé el libro de cocina que me prestó Marisela. No diré qué intenté cocinar porque se burlarían de mí, sólo me limitaré a confesar que soy un fracaso para la cocina. Eso sí, acabamos batidos y chorreados, disfrutando del juego de la ineptitud, con risas escandalosas que de pronto se vieron interrumpidas por un suspiro, como si nuestra incipiente alegría fuera la osadía de haberse reído en un funeral.

El abatimiento volvió a mi rostro. Es curioso. Soy un hombre feliz que tiene un rostro abatido. Ella, en cambio, siempre sonriente, sospecho que esconde una tristeza descomunal.

Supongo que eso fue lo que me atrajo de ella: su ingenuidad, su ternura, su inocencia. ¡Si el mundo no fuera tan cruel! ¡Dios mío aleja la tragedia de mi vida!

En un pequeño sillón quise sentarla, quise escuchar sus anécdotas, sus temores y sus gustos. Me dejó escuchar el silencio. No confesó nada y yo empecé a molestarme. Estaba intentando todo lo posible por acercarla a mí, por mostrarle otro aspecto del mundo, quería hacerla sentir como princesa, segura de sí misma, satisfecha y orgullosa, digna de amabilidad, buen trato y caricias, pero ella estaba empeñada en falsificar su sonrisa y ahogarse sola en su tristeza. Al ritmo que va seguro se suicidará, pensé.
—Estoy bien —repetía incesantemente —soy muy feliz, mira —y esbozaba la sonrisa más dulce que jamás haya visto en mi vida.
—Ven aquí, niña —le dije condescendientemente y la acerqué para que posara su cabeza en mi pecho —Verás. No se trata de desvivirse por los demás, no hay ninguna necesidad de tolerar las groserías de tus hermanos. Tú eres una niña muy bonita…

Ella sonreía y se sonrojaba. Era un verdadero deleite ver su cándido rostro iluminado con tonalidades rojizas sobre sus pómulos y la blancura de sus dientes. ¡Portentosa mujer ha llegado hacia mí!

Salimos a caminar al parque. La llevaba del brazo, contándole historias sobre mis vecinos: ahí, le decía, vive Jade y su primo Isaac. Son unos niñitos de cuatro y cinco años simpatiquísimos. En vacaciones, cuando salen a jugar, me gusta observarlos desde mi habitación. Jade es inquietísima, luego ahí ves a su mamá corriendo tras ella porque se pasa la calle sin mirar hacia los lados. Varias veces he bajado corriendo temiendo lo peor. Afortunadamente nunca ha pasado nada grave. Algunos raspones, chichones y esas cosas que los niños se hacen… Isaac, es más tranquilo. Él se queda en los juegos, se sube al elefante y a la jirafa, bueno, eso era una jirafa, pero se le cayó la cabeza… Rió y la abracé. Ahí, continué, vive una señora rarísima, no sé cómo se llama. Sólo sale de madrugada, en camisón, a darle de comer a los gatos callejeros, se pone a platicar con ellos y se regresa hablando sola. Nunca la he visto hacer otra cosa… El viento comenzó a estremecernos. Una tarde fría, quizás lluviosa, anunciaba el perfume de otoño. Se acercó más a mí, me abrazó y nos besamos, pero nunca dejé de sentir ese aire de tristeza en su estado de ánimo. ¡Nada la hacía feliz!
—¿Te gusta estar conmigo? —le pregunté con la esperanza de sacar algo de ella, un indicio, un destello, una sospecha.
—Sí… Cuéntame más —contestó.

Nos sentamos en el pasto. Comencé el monólogo. No sé qué me llevó a contarle mi vida desde mi infancia. Todo lo que yo quería saber de ella, ella lo estaba obteniendo de mí, tan sencillo como utilizar parcas palabras, dos monosílabos y una sonrisa encantadora. Recuerdo cómo empezó todo, dije. Estaba escuchando Comfortably Numb como lo solía hacer el otoño pasado, cuando Gi se marchaba hacia su casa y yo me quedaba detrás de la cortina a verla caminar entre los árboles pensando en que un día no me quedaría cómodamente adormecido e iría a pedirle que se viniera a vivir conmigo, pero mi miedo era mucho, no sé de qué… pero entonces una especie de rabia se apoderó de mí. Una rabia irresuelta, imperfecta porque sólo la sentía pero me paralizaba, no me dejaba moverme, ni tampoco maldecir. Estaba contenido, reducido, moldeado, como si tuviera una camisa de fuerza. Hice muchos intentos por zafarme del entumecimiento hasta que de pronto perdí el conocimiento, sin más. Cuando recobré la consciencia estaba recostado en mi cama, con la cabeza adolorida, un brazo vendado y algunas manchas de sangre sobre las sábanas. Me levanté con dificultad y escuché a Gi en la cocina. Me dijo “déjame mirarte una vez más”. Yo pensé que se refería a mis heridas. Me acarició el rostro y me dio un beso en la mejilla. Le pregunté qué me había pasado. Se volvió hacia mí y me dijo “pronto mejorarás” y salió del departamento y nunca regresó. Y ni siquiera pude verla caminar entre los árboles…

Dejé escapar unas lágrimas. Ella puso su brazo sobre mí y me obsequió otra sonrisa conmovedora. Había caído la noche, los mosquitos eran muy molestos y las luces de la calle comenzaron a fallar.
—El pasto se ha humedecido —le dije, enjugándome las lágrimas.
—Sí, vámonos —respondió.

La ventana del apartamento que daba hacia el parque estaba abierta. La luz mórbida de la calle tintineaba sobre las cortinas haciendo fantasmas. Nos quedamos observando en silencio, abrazados, sintiendo como si flotáramos en un navegante mirador. No entendí cómo sucedió, cómo se invirtieron los papeles, cómo terminé siendo yo quien era rescatado por esta niña sin palabras. La voltee, la miré a los ojos y confesé:
—Estoy enamorado de ti.
—Sí, lo sé —sentenció tristemente.

Cuando desperté se había marchado, llevándose su sonrisa y dejando una nota: “Gracias por consentirme, adiós.” Y al asomarme por la ventana, detrás de las cortinas, pude verla caminar entre los árboles que soltaban sus hojas con perfume de otoño. Y nuevamente quedé inmovilizado, triste y enojado: soy un hombre feliz.



Hollywood

14.5.09

A Edgar Pastor Sosa, por su amistad incondicional

Qué feliz era con tan poco. El camión iba vacío y aún así, cada vez que se subía una señora o una chica, se levantaba veloz a cederle su asiento con una reverencia. Su amabilidad me simpatizó las dos primeras veces, pero me fue exacerbando con las subsecuentes repeticiones. Saludaba a la gente que desde la calle observaba hacia el interior del camión. El movimiento de su mano indicaba una inquietud producida por MDMA. Su jovialidad debía estar inducida por anfetaminas, de eso no tenía duda. La gente lo veía con asombro y desconfianza. No sé si fue por compasión pero sentí que no debía ser juzgado de ese modo, sólo estaba tratando de ser amable, su adicción no molestaba a nadie. ¡Oh, pero qué equivocado estaba! Lo miré a los ojos pero sus pupilas no estaban dilatadas; su mirada no tenía presencia, pero el vacío no era producto de las drogas, no, por supuesto que no. La ausencia de espíritu era evidente: su playera decía “Hollywood”. Era un tipo de cuidado. Empecé a temer al tiempo en que la irritación que me provocaba hervía mi sangre. Miré a mi alrededor. El paisaje pesimista me ubicó en la realidad. ¡Sólo un loco puede ser feliz dentro de esta mierda! Un autobús hediondo, ruidoso, inseguro; tráfico suficiente para desesperar al más paciente, suciedad a lo largo de todas las calles, depresión, hartazgo, cansancio. ¿Acaso no se daba cuenta del rostro de fastidio de los pasajeros? Algunos regresaban de realizar sus obligaciones, otros a continuarlas.

Recuerdo al señor que se sentó a mi lado: era médico, sus manos lo delataban. O aquél trajeado de cabello engominado, gestor o abogado, seguramente. Las señoras con bolsas de mandado arrastrando dos niños anémicos y mugrosos. La secretaria de falda entallada, zapatos corrientes y fealdad disfrazada con maquillaje. Todos con cosas que hacer, deberes por responder, cuentas que entregar, por cobrar o por pagar. Todos en la dinámica de la vida social. Y este recién salido del manicomio supone que la simpatía es suficiente para arrancar sonrisas a extraños. ¡Qué desparpajo, qué ofensa, por Dios!

Hubo quien le sonreía tímidamente y después lo ignoraban, hipócritas. Otros cuchicheaban y luego soltaban risitas a escondidas, cobardes. Yo lo miraba con desdén, como el loco que era, como quien mira un fantasma, se sobresalta y luego se hace el desentendido.

¿Cuándo tendría fin esta invitación a la violencia? ¡Carajo, ya que se baje! Si hay algo que me enferma es la felicidad sin motivo, las sonrisas obsequiadas sin discreción. Intenté serenarme. Ya faltaba poco para que bajara del camión. ¡Ah, pero de nuevo su alegría se me presentaba de frente, abofeteándome, como si yo tuviera que dejar de fruncir el ceño!

El autobús comenzó a tomar velocidad, al parecer tenía prisa. Con los primeros dos arrancones su rostro brilló, como si estuviera en un paseo, en una aventura. Temí que la descarga de adrenalina lo desubicara aún más. En cualquier momento este tipo nos mata a todos, pensé. Al cabo de tres sacudidas su rostro se petrificó. Ahora no había gesticulación alguna. ¿Estaría preparándose para agredirnos sorpresivamente, o simple y llanamente habíase dado cuenta de la ignominia de que era objeto? No podía arriesgarme. Un arrebato de envidia y de rabia me obligó a estrangularlo.

Cuando yacía tirado en el piso del autobús, con todos los ojos sobre mí no soporté la tentación de decir “ahora sí, nos libramos de la felicidad de Hollywood”. Miré a aquellos fantasmas, me hice el desentendido y grité “en la esquina, por favor”.


Reconocimiento del fracaso: paradigma de la no violencia

7.5.09

A Leo Ávila, por las sugerencias

Si se pudiera educar a un ser humano en el aislamiento,
éste no podría juzgar nada, ni siquiera a él mismo:
le faltaría un espejo para verse.
—Tzvetan Todorov

Si aceptamos como premisa que una de las características esenciales de la condición humana es la búsqueda de la mirada del otro, ya sea por deseo de gloria, de ser elogiado, mera vanidad o sólo bondad, nos encontramos frente a uno de los motivos más poderosos de la acción humana, un distintivo fundamental entre el animal y el hombre. Explico: «el primero actúa en nombre de su instinto de conservación; el segundo también, pero no se conforma y busca más que su satisfacción material: aspira a un reconocimiento que sólo puede provenir de la mirada del otro». «Lo humano comienza donde “el deseo biológico de la conservación de la vida” se somete “al deseo humano del reconocimiento”. “[…] Dicho de otra manera, el hombre sólo se revela como humano cuando arriesga su vida (animal) en función de su Deseo humano”: tal como lo recordaba Adam Smith, está dispuesto a perder su vida para ganar renombre.»

La necesidad de reconocimiento es un hecho humano constitutivo, puesto que para superar nuestra condición animal buscamos no sólo aquello que satisface inmediatamente nuestros deseos e instintos de conservación, sino algo que supere la realidad dada, la consideración del otro, su atención, su mirada.

Claramente se muestra una problemática que trasciende los límites normativos: el reclamo de reconocimiento es necesariamente un combate; y «puesto que para los humanos es un valor superior a la vida, es un combate hasta la muerte.» Ya lo decía Rousseau: el deseo universal de reputación, de honores y de preferencia que nos devora a todos, hace de los hombres competidores, rivales, enemigos. Luego lo afirma Kojève, en su interpretación de la Fenomenología de Hegel: [puesto que los contendientes están más dispuestos a arriesgar su vida que a ceder,] «su encuentro sólo puede una lucha de muerte», una «lucha a muerte de puro prestigio», que sin embargo no podríamos condenar, pues se confunde con la definición de humanidad: es una lucha porque «hacerse reconocer, es imponerse.»

Paul Feyerabend escribió que hay cosas más importantes que ganar la guerra, sacar adelante a la ciencia o encontrar la verdad y estoy de acuerdo. ¿En realidad son tan necesarias cruentas batallas para obtener la mirada del otro? ¿Ser queridos por nuestra familia y amigos no satisface nuestra necesidad de atención? Pienso que no toda la atención puede ser brindada por el vencido, no sólo la mirada desde abajo es reconocimiento. Al contrario, para recibir reconocimiento debo otorgarlo, es decir, puesto que yo reconozco a quien me brinda su reconocimiento, puedo disfrutar del reconocimiento que me otorga.

Lo que deseo expresar es lo siguiente: puesto que la búsqueda de la mirada del otro es una situación indefectible propongo hacer del fracaso un paradigma. Reconocer al vagabundo puede ser una nueva fuente de reconocimiento. No a la exterminación del otro. Sí al reconocimiento de su condición diferente. En todas las sociedades existen modelos a seguir, modelos que desfiguran la diferencia, que homogenizan: ahora todos son lo mismo: cristianos, terroristas y comunistas, todos tienen los mismos resultados: la lucha por el poder, es decir, el reconocimiento, la imposición de una idea, de un modelo.

¿Y si caminamos sin prisa, sin prejuicios, sin obsesiones por los objetivos, ni métodos precisos y nos dejáramos guiar como vagabundos en un mundo donde el escepticismo y el asombro nos acompañen en feliz coincidencia, seríamos más respetuosos y menos violentos? Si como dice Mao Tse-Tung, cada fracaso nos hace más listos, al menos podríamos intentarlo: soy un perdedor.

¡Hola! ¿Cómo te va? Gracias

A favor de las mentiras

31.3.09


A Tatis, Txto, Tato, Tatiana, con cariño para todas, sinceramente


He escuchado hasta el cansancio personas que dicen estar confundidas y dudosas. Me he escuchado hasta el cansancio decirlo y pensé que se distinguía la diferencia entre sus dudas y las mías. Anoche me di cuenta que no.

Aborrezco esas ideas.

En días pasados quise fomentar el diálogo con quien pensé que lo podría obtener: mi profesor de Ética. Al parecer le estaba otorgando un papel que no tiene por qué desempeñar: psicólogo o psiquiatra, qué sé yo, porque su respuesta fue rala y con tintes religiosos. Yo la verdad estoy apartado de la religión (y sobre todo de todas las iglesias organizadas), pero no estoy ajeno a ciertas creencias, por ejemplo: la noche del sábado que tomé hasta el amanecer y un poco más, me dejó enfermo de gripe. Me declaro incompetente en materia de medicina y creo que mi mamá me va a dar lo mejor para recuperarme. Me sigo sintiendo de la chingada, pero creo que pronto me sentiré mejor. ¿Qué pruebas puedo ofrecer a quien me pregunte por qué tal o cual solución lo cura de gripe? Ninguna. No soy aquél que escribe para sí mismo, escribo para ser leído, para encontrar alguien con quién hablar, con quien compartir esto que pienso y escribo: escribo creyendo ser leído y comprendido, creyendo motivar el diálogo y el debate, quizás también la alegría o la aversión, qué sé yo. Le escribí creyendo que encontraría una respuesta a la cual asirme, pero estaba equivocado.

No es que quiera que me lleven de la mano. Tan sólo quisiera saber que alguien está dispuesto a compartir el sinuoso camino conmigo. Y sólo es eso lo que quiero: creer que alguien está dispuesto a compartir su tiempo conmigo. No importaría si de repente abandonara el camino o se desviara el rumbo si estuvo ahí cuando abrí las alas lejos del precipicio. Una cuestión de un poquito de seguridad, cariño, atención y optimismo.

Esto no es una declaración de homosexualidad ni tampoco de heterosexualidad. No estoy pensando en compartir ese tiempo con mi profesor de Ética o con T, M, D, A, K. Me refiero a una (j)oda a la amistad.

Por ejemplo:

Anoche, mientras leía la rala respuesta de mi profesor de Ética, platiqué con una mujer que en otros tiempos veía en mi un hombre excepcional. Yo solito me he encargado de sacarla de esa idea. Hace algunos años me ofreció andar con ella, yo no quise, pero tuvimos buen sexo. Al paso de los días creo que nos hicimos amigos. Como compartía tiempo con ella, el tiempo sexual, sobre todo, pensé que entendía algo de mí. Siempre he sido franco y sensato con lo que pienso y no tengo barreras para no decirlo. La semana pasada, continuando con mi franqueza, se me presentó otra oportunidad con ella. Me preguntó: "¿si yo te pidiera una oportunidad, me la darías?". Ella solita contestó que no y estaba en lo cierto. ¿Qué dificultad se me presentó para mentir? Pude haber dicho cualquier cosa para obtener sexo y luego hacerme el desentendido (como le hace todo mundo). Pero no. Opté por la franqueza, se molestó y perdí la oportunidad de buen sexo. ¿Acaso lo que me motivó a decirle que no fue que la considero mi amiga? Desde hoy declaro estar a favor de las mentiras.

Pienso que si en verdad fuéramos amigos, seríamos sensatos en lo que queremos y esperamos del otro, sin más rodeos. De Dorita, por ejemplo, obtengo el 60% de las dosis de ego y autoestima que todo mundo necesita. Y no hace falta que la vea todos los días, ni mucho menos, con tan sólo una conversación esporádica o una visita express me sacia como si me presentara un buffet de cariño. Y creo que de mí también obtiene lo que necesita (whatever that means). Y cuando necesitamos distanciarnos, simplemente lo hacemos, nos dejamos de ver un rato y hasta nuevo aviso.

No sé si me estoy dando a entender, creo que no. Quizás un ejemplo lo pueda hacer más explícito: todos hemos escuchado esas canciones en donde se perciben líneas súper originales como: "Sin ti me muero", "No puedo estar ni un minuto sin ti", "Te doy el corazón entero", "Te llevaré en mis pensamientos", "Día y noche pienso en ti", "Eres mi pedazo de sol" y demás calidad.

Sobra decir que cuestiones en ese sentido no son las confusiones que me quitan el sueño.

Soy conciente de que sólo existo en función del otro, de que sólo estoy yo, porque estás , de otro modo vagaríamos por la inexistencia. Parafraseando a Berkeley: , en el momento en que me percibes, eres lo que le da razón a mi presencia, más no lo que le da sentido a mi existencia y ese es un camino que sólo en la indivi(dual)idad se puede recorrer. Eso es lo que me quita el sueño: una confusión existencial más no amoroso-depresiva.

Y bueno. Es bastante triste de reconocer, pero sólo recibo oídos sordos a mis palabras mudas, como si nadie estuviera dispuesto a "Amar con libertad". ¿Qué sucede? Me siento como Fernando Pessoa:

"Pedí tan poco a la vida y ese mismo poco la vida me lo negó. Un haz de parte de sol, un campo próximo, un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el saber que existo, y no exigir nada de los otros ni ellos nada de mí. Esto mismo me fue negado, como quien niega la limosna no por falta de buena alma, sino por tener que desabrocharse la chaqueta."


¿Está teniendo alguna coherencia lo que escribo? Mi termómetro marca 37° y no sé si mi pensar vagabundo esté caminando hacia algún lado. Seguramente no, si no no sería vagabundo. Optaré por dejar las letras y vagar por el mundo onírico. Buenas noches.

Guerra de titanes

26.3.09

Exponer un argumento no significa necesariamente estar sordo a los otros

Una investigación debe ir orientada en una dirección reconocida y con un nombre definido. De otro modo, no se estará investigando sino haraganeando


―Robert Louis Stevenson

Debí comenzar este trabajo mucho antes. Ni siquiera sé si será válido haber leído textos que se adecuan a mis intereses y no a los del curso, pero no le veo el objeto a leer (y escribir) sobre cosas que no nos preocupan o incluso nos indigestan. Pienso que nos acercamos a los libros buscando aprender un poco más sobre nuestra condición humana y en ese sentido, este trabajo viene siendo la representación de mi desorden mental y mi imposibilidad de hacer lo que me exigen. Ahora estoy con el tiempo encima y la lucidez en las manecillas del reloj. Son las tres cuarenta y vengo saliendo del servicio. En fin, no sé hacia dónde dirigir mi -¿artículo? ¿ensayo?- texto. Lo único que tengo claro es que se me presenta la duda como una piedra de incertidumbre que no puedo sacar de mi zapato porque el piso está más harto de piedras y tengo prisa por llegar a Nosedónde. Y no veo cómo podría ser diferente. Si me encuentro sumergido en una dinámica donde se apremia el aquí y el ahora, caminando sólo sobre la inmediatez, no queda tiempo para pensar y sacar conclusiones satisfactorias. Lo único que sucede es que se refuerzan mis dudas.
En cierto sentido estas dudas constituyen uno de los principales debates ideológicos entre los filósofos que glorifican el trabajo y la vida social y, en oposición, quienes glorifican el ocio y la vida individual.

Hobbes y Maquiavelo, férreos exponentes de la visión social distinguen la vida solitaria de la socia adjudicándoles una naturaleza que a mí aun me parece inexplicable; esta naturaleza es la siguiente: la vida solitaria es una realidad y la vida social es el ideal del hombre. A simple vista y con esta cita tan frágil puede parecer absurdo, por eso dejaré que lo diga mejor La Rochefoucauld:

“La vida en sociedad restringe el apetito inmoderado de los hombres y les impone el aprendizaje de la reciprocidad: el ideal social es preferible a la realidad egoísta”.


En cambio, Montaigne y La Bruyère, exponentes de la visión antisocial, presentan ideas completamente opuestas a la visión dominante (la visión social). Algunas que me llamaron la atención son:

―El trato con los otros hombres es una carga de la cual hay que desembarazarse.
―La aprobación que esperamos de nuestro prójimo no es más que una vanidad culpable que no podría ser tolerada por el sabio que aspira a la autarquía, a la autosuficiencia.
―Hagamos que nuestra satisfacción dependa de nosotros, desprendámonos de todos los lazos que nos atan al otro, logremos vivir solos en el momento oportuno y hacerlo a nuestra guisa.

Esto quiere decir que para ellos la vida social es lo real y la individual la ideal. A esta duda que tengo, a la cual no soy indiferente, más tampoco me quita el sueño, le sigue otra duda que me genera más desazón e inquietud. Es la que se refiere a la oposición entre trabajo y ocio.

No sé escribir un trabajo serio, mi dispersión me lo impide. Para definir mejor mi duda debo hacer una digresión:

La otra noche, mientras le escribía una carta a mi padre, en la que le planteaba mis dudas respecto a lo que debo esperar del trabajo, mis aspiraciones académicas y profesionales, entre otras inquietudes propias de mi circunstancia, sucedió algo que ejemplifica fielmente el por qué de mis dudas. Llevaba dos cuartillas, aproximadamente, cuando me bloqueé por un instante y acudí al teléfono a recibir consejo. Ocurrió así:
-¿Bueno?
-¿Sí?
-¡Padre! Estaba escribiendo y de repente me surgió la curiosidad de escuchar la definición de El Trabajo que manejas…
-Sí, este… ¿Ya leíste El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre?
-¿Eh? No…
-De Engels. Si no lo has leído estás como en secundaria. En quince minutos lo lees, cuando acabes me hablas.
-Ok
Tutututut

Así ha sido desde que tengo memoria. Por un lado está el desapego d mi padre respecto de mis “obligaciones” escolares. En toda la carrera no me ha preguntado una sola vez cómo voy en la universidad. Esto me ha permitido hacer, deshacer y no hacer, según me plazca. A falta de autoridad he ocupado mi tiempo –libre o no- al ocio. Entre las actividades que más me satisfacen son: leer, escribir, hacer y escuchar música y salir a platicar. Él nunca me ha limitado a hacerlo e incluso ha motivado mi creatividad: fui a escuelas donde se exploraba la dimensión artística, publica en su periódico o su revista todo lo que escribo y le pido publicar, me regaló mi batería, una guitarra acústica, una eléctrica, me pagó la escuela de música (hasta que la abandoné), me obsequia libros cada vez que lo voy a visitar, me paga el francés y a veces, incluso las borracheras. Por otro lado, está su exigencia y las expectativas que tiene de mí. Si bien patrocina mi ocio, también fue él por quien elegí estudiar Derecho, es por él por quien debo sumergirme en el árido estudio de los códigos para arreglar sus problemas legales (no es abogado). Es también por él por quien justifiqué esta idea (que adquirí de fuera) de que deseo un trabajo bien remunerado y socialmente aceptable.

En esas circunstancias sólo el batidero de ideas es posible. Estoy tan confundido que ni soy un buen músico, ni un buen escritor, ni un buen abogado, ni un buen conversador, ni un buen estudiante y ni sé si quiero ser bueno en algo, a veces sólo quisiera diluirme y ser transparente.

Y bueno, total que leí a Tocayo Engels de quien percibí unas proposiciones contundentes:

“Vemos pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él. Únicamente el trabajo, por la adaptación a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en un periodo más largo, también por los huesos, y por la aplicación siempre renovada de esas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini”

¡Parece tan claro! Pues “el desarrollo de la mano, con el trabajo, iba ampliando los horizontes del hombre, haciéndole descubrir constantemente en los objetos nuevas propiedades hasta entonces desconocidas”. Y en la idea evolucionista de las especies, una cosa llevó a otra. Así, después de desarrollar la habilidad para obtener cosas -ajenas a la naturaleza- producto de la imaginación y las sinapsis en las manos, se desarrolló la palabra articulada para responder a una necesidad comunicativa del hombre y con esto el cerebro y los sentidos y etcétera, hasta distinguirnos de nuestros ancestros antropomorfos.

Entonces concluyo: debo trabajar para seguir desarrollándome. Pero como todo es volátil, nada es para siempre y la curiosidad lleva a otras ideas y así sucesivamente, llegué a Apología del Ocio de Stevenson… y ¡mierda, quiero ser un ocioso! No es únicamente por ser haragán, sino que “deseo hacer mucho de lo que no está reconocido en los formularios dogmáticos de la clase dominante”. No me interesa (¡Bah, mentiroso! A veces sí…) mi vida social, estoy satisfecho con mi regocijo individual producido por largas horas de ocio.

Luego llegó a mí Elogio de la vagancia de Fadanelli y Las fuerzas morales de Ingenieros y mis dudas se acrecientan al grado en que cuando miro al espejo veo un monstruo de dos cabezas que se pelean entre sí.

Quisiera escribir más, pero aún debo preparar una exposición sobre un incidente de incompetencia territorial en el Juicio Contencioso Administrativo, respecto del capítulo de eventos de previo y especial pronunciamiento. Mi clase es a las siete y son seis y veinte. En verdad una disculpa por la mierda de trabajo, entenderé si no lo toma en cuenta, pero ojalá vea el fondo y no la forma, porque por más que lo intenté estoy bien güey para usar técnicas.

Libros consultados
Apología del ocio de Robert Louis Stevenson
Elogio de la vagancia de Guillermo Fadanelli
El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre de Federico Engels
La vida en común de Tzvetan Todorov
Las fuerzas morales de José Ingenieros

Análisis dialógico del amor

28.2.09


A Minita



No son más hechos lo que necesitamos, sino más pensamiento
—Tzvetan Todorov


¿Cómo surge la síntesis, el salto, la superación de las contradicciones? La duda se me presenta así: la oposición de mis intereses con los de ella: tesis y antítesis, dos decisiones opuestas que en las estructuras dogmáticas de la moral son irreconciliables.
Tesis: deseo estar con ella; antítesis: desea ser libre. ¿Síntesis? La experiencia histórica y la práctica cotidiana nos muestran los conceptos de compañía y libertad como incompatibles.

—¿Cómo voy a ser libre si me sujeto a tu compañía? —se pregunta.
—¿Cómo podría estar contigo en la distancia? —me pregunto.

La creación de un vínculo de dependencia es factible. La libertad y la autonomía quedarían en sueños de juventud. El fracaso es otra posibilidad. No estoy seguro de que pudiera soportarlo.

Permítanme invitarlos a conocer la dicha de mi desgracia.

Ayer estuve con ella. Una noche extraordinaria nos reunió. Conversamos nuestras dudas. El diálogo está ahí: el encuentro de nuestras voces a la par. Ninguna tiene privilegio sobre la otra. Somos iguales. Ninguno de los dos está dispuesto a renunciar a la voz del otro. Todo es posible porque compartimos una misma estructura mental: el pensamiento como brújula que guía y la verdad como horizonte y principio regulador.

Un helado napolitano y un machiato nos acompañaron al inicio. Ella tenía calor, yo frío. Las contradicciones comenzaban a manifestarse. ¿Qué nos une? El deseo de entender un poco más nuestra condición humana. Ninguno de los dos tiene certezas, buscamos la verdad en algún lado. Por momentos la encontramos y luego la perdemos. La buscamos en otro lado. Cambiamos y nos reinventamos. Las leyes de la dialéctica se hacen presentes a cada paso que damos, con una única excepción: la síntesis, el salto, la superación de las contradicciones.

Hacía tiempo que no compartía una caminata por el centro de la ciudad. Por un momento nos ubicamos en otro mundo donde no importaba nada más que hablar, escuchar, dialogar. Los edificios coloniales, los árboles y jardines, la luna sonriente y Venus brillante, su ángel y su diablo me impulsaron a separarme de la realidad; flotaba a su lado. Luego olvidamos dónde estaba estacionado el auto.

Compartió conmigo su hogar, su espacio, su tiempo, sus oídos, sus palabras, sus sonrisas, sus dudas, sus certezas, sus sueños, sus fantasías, su realidad, sus chocolates. Al salir de su casa me preguntaron: ¿la besaste? Contesté: no tienes idea de la intimidad que alcanzamos. Suspiré y sonreí.

No sé qué es lo que sucede, no sé qué sucedió ni qué sucederá. No quiero precipitarme, no quiero equivocarme. Antes, con una especie de narcisismo sepulcral buscaba fracasar (inconcientemente) en mis intentos con otras mujeres. En realidad nunca quise estar con ellas. Esta vez no quiero perder. Tan sólo pensarlo me hace llorar.

Distingo dos caminos que pienso no debemos tomar. Sigue siendo la tesis y la antítesis. Un camino es el de la ilusión. La dulzura de la ilusión de la fusión. Como sucedía con aquellos amores adolescentes a quienes nos entregamos con arrebato y ceguera. La planeación de una vida bella y en feliz coincidencia. Pero seamos sensatos. Nada es permanente y cuando la ilusión se desvanece, su lugar es ocupado por la amargura y la melancolía. Y sumando nuestra necesidad imperiosa de transformarnos, de crearnos con frecuencia, de cambiar y reinventarnos, este camino resulta intransitable. El otro camino es el contrario. El de la negación de la posibilidad. El abandono de la nueva empresa por el miedo arrastrado del pasado. La seguridad de lo conocido, el confort de lo estático. Vivir de la memoria de un pasado que fue ¿mejor?

El recuento de los acontecimientos y la materialización de mi pensamiento me ha llevado a una conclusión, una posible síntesis: respecto del pasado no hay que olvidarlo, porque ni siquiera es posible. Se trata de resignificar nuestros recuerdos para que no nos causen malestar y sí sonrisas. No eliminar lo recorrido. Hubo muchos avances y no todo lo pasado fue peor ni mejor, sólo fue antes. Hay que retomar lo valioso, lo digno de ser conservado, evitar que por odio o cualquier exceso se quiera recomenzar (o formatear) todo desde el principio, o como si fuera la primera vez; tampoco se trata de amar lo nuevo por lo nuevo, la exhumación no es descubrimiento de vida. Respecto de la ilusión más vale ser sensatos y reconocernos igualmente diferentes, coincidentes y divergentes, y no por hallar vínculos de asociación emocional o intelectual, preguntarnos si tal perfección es realmente posible; no, eso no sólo nos llevaría a la idolatría del otro sino a la pérdida de la propia identidad; pienso que se trata justamente de lo contrario, aceptarnos humanos, falibles, imperfectos, erróneos, distintos, complementarios; porque sólo reconociendo nuestras diferencias se puede llegar a amar, a amar admirando, respetando, discutiendo, creciendo, aprendiendo, mejorando: amar con libertad.

Estas palabras han salido con la más meliflua melancolía, con sonrisas y lágrimas, con un nudo en la garganta y carcajadas.

Me pregunto: ¿cómo se sentirá el amor con libertad? No lo sé, pero quiero experimentar.


El hombre desfasado

10.2.09


Al Doctor Luis Gerardo Ugalde Ojeda


I

Cuando despertó del letargo en que se había sumergido durante tres siglos, tuvo una sensación inconmensurable de novedad. Había renacido y todo era nuevo para sus sentidos: la negrura que veía, los sonidos y –sobre todo el silencio que escuchaba, los olores que percibía, la tierra que pisaba e incluso el sabor de su boca. Trescientos años de estaticidad debían provocarle esas sensaciones, obviamente.

El contexto en que se hallaba era lo más lejano a la novedad: una ciudad deteriorada por el abandono y sumergida en soledad. Trescientos años antes, esta misma ciudad era la capital financiera del planeta.

En su desnudez buscó abrigo. Comenzó a caminar con sigilo. Una parte de él lo impulsaba a gritar para ver si encontraba algún errante que le pudiera responder todas sus dudas, pero el miedo lo detenía. Todo era desconocido para él e ignoraba cuál sería la reacción de quien acudiera a su llamado y, claro que también ignoraba cuál sería su propia reacción. Se detuvo a pensar:

«Apenas la noche anterior me encontraba acostado cerca de todas las cosas y personas que conozco. ¿Qué está sucediendo? ¿Qué debo suponer? ¿Qué debo hacer?»

La noche anterior (o trescientos años antes) había reparado en algo para darle movilidad a su vida, un cambio drástico: «en este lugar no estoy satisfecho, es necesario modificar mi conducta y dirigirme hacia otro lado. No importa lo que me encuentre, si llegara a dudar, caminaré, hablaré, pensaré». Reanudó su camino.

A quinientos metros de él se encontraba un edificio muy alto, muy moderno para su época (trescientos años antes) pero al borde del derrumbe. En el piso ochenta y siete, dentro de toda la negrura, una luz resplandecía.

Al interior del pequeño cubículo del piso ochenta y siete se encontraba el profesor Van Deursen. La luz amarillenta de su lámpara de escritorio ofrecía infinidad de posibilidades fantasmales en las sombras. El profesor temía a los fantasmas, pero la luz era la única fuente de luminosidad a su alcance. Sin ella no podría leer sus propios manuales de transducción y, en consecuencia, generar la única luz en la oscuridad.

Vio la luz el hombre desfasado y hacia ella condujo su camino. En contraste, no podía ver dónde ponía sus pies a cada paso que daba, ni siquiera distinguía sus manos frente a sus ojos. La oscuridad era casi absoluta de no ser por la luz del cubículo del profesor.

Dos horas más tarde, (tiempo que le tomó recorrer quinientos metros de negrura) entró al edificio. Estaba cansado, deshidratado, sus pies llenos de heridas sangrantes, tenía frío, hambre, miedo, ansiedad. Se dispuso a subir las escaleras de los ochenta y siete pisos que había contado. Para entonces, sus ojos ya se habían adaptado un poco a la oscuridad y, con dificultad, percibían la luz proveniente del cubículo Van Deursen. Lo suficiente para no abandonar la empresa: llegar a la luz.

Conforme subía los escalones, la luz se hacía más intensa, algunas formas comenzaban a ser perceptibles a sus ojos. Eso lo mantuvo en movimiento, le dio fuerza. En realidad las condiciones físicas en que se encontraba delataban un desfallecimiento inminente.

En el cubículo, el profesor pensaba sobre nuevas formas de obtener transducción. Las vibraciones comenzaban a ceñir el material de sus ideas. Una de las razones era que los pasos en las escaleras, al acercarse, comenzaban a emitir vibraciones perceptibles al profesor, en el frágil, moderno y descuidado edificio.

De pronto un estruendo levantó al profesor de un sobresalto. Su corazón empezó a palpitar rápidamente. Tuvo escalofríos. Hacía tiempo que no sentía miedo, se había acostumbrado al silencio de sus ideas. Tomó la lámpara con cuidado. La energía con la que funcionaba era frágil. La transducción no estaba plenamente lograda, aún tenía deficiencias y un mal uso de ella podría encadenar una serie de reacciones indeseables: perder la única luz a su alcance, así como la posibilidad de emplear el calor que emanaba para la transducción de reciclaje, es decir, la oscuridad permanente y todo lo que implicaría. Despacio caminó hacia la fuente del estruendo. En el piso yacía el hombre desfasado, desvanecido, desnudo, herido, deshidratado.

Una sucesión abrumadora de ideas invadió el pensamiento del profesor Van Deursen: comida, energía, miedo, precaución, solidaridad, misericordia, asco, alegría… Lo arrastró de un brazo hacia su cubículo. Colocó la lámpara sobre el escritorio y se sentó a contemplarlo, pensando qué haría con él.

II

—Han pasado ya tres meses que estoy aquí, profesor —decía el hombre desfasado— ya es tiempo de que…
—¿Ya es tiempo de qué? ¿De qué? ¡A ver, dime! —lo interrumpió el profesor, molesto, empujándolo de los hombros.
—No se moleste, profesor, sólo quiero decirle que quizás debamos salir de aquí, ir a buscar a otra parte…
—¿A otra parte? ¿A dónde? —gritaba el profesor— ¿no has entendido que somos los dos únicos seres con inteligencia en este planeta? Todos han muerto, entiéndelo, esa alternativa no es la panacea. Anda, cállate y trae las arwitunas*.

El hombre desfasado calló y se dispuso a recoger las arwitunas del agua. Se incomodó por el trato del profesor. Se enojó.

—Aquí están —dijo el hombre desfasado aventando el recipiente que contenía las arwitunas.
—Bueno, ¿a ti qué te pasa? —contestó el profesor dejando sus experimentos y disponiéndose a escucharlo con atención.
—Pues es que… —decía temeroso el hombre desfasado— es que a esto no se le puede llamar vida.
—¿Tú qué sabes de vida? ¿Qué sabes de la vida? —se molestó el profesor nuevamente— tú, que no eres más que un fantasma que, por lo que cuentas, vivió hace trescientos años. Yo te he dado todo lo que tienes, ropa, alimento, agua, luz. Allá afuera te vas a morir en el olvido.
—Ya sé, ya sé, profesor, y se lo agradezco, es sólo que necesitamos (“necesitas”, corrigió el profesor), bueno, necesito otra motivación en mi vida, no vale la pena estar así, puede haber otras cosas que hacer, otro camino.
—¿Allá? —objetó el profesor señalando hacia una ventana— ¿afuera? ¿En la oscuridad absoluta donde no ves ni tus manos frente a tus ojos? —concluyó con ironía.
—Sí, allá afuera. No sé, es que hay algo que me impulsa a buscar la felicidad —increpó con ilusión.
—¡Ay, sí, felicidad, felicidad! Esas son tonterías. Ya te he dicho que estos no son tiempos para pensar en la felicidad, estos son tiempos, escúchame bien, estos son tiempos de sobrevivencia — reprendió el profesor mientras lo tomaba de la barbilla con dedo índice y pulgar y lo veía fijamente a los ojos —ya, mejor ponte a trabajar que se va a apagar la luz —concluyó regresando a los experimentos.
—Lo siento, profesor, usted está satisfecho con la luz que ha logrado generar para sobrevivir, pero yo, profesor, necesito la iluminación total para vivir, la luz de compartir con alguien más mis sueños y aspiraciones. Caminaré, hablaré, pensaré; quizás dentro de trescientos años vuelva a encontrar algo que dirija mi camino, algo como la luz que vi hace tres meses en el piso ochenta y siete, algo que le dé significado a mi existencia.
—Pues haz lo que tengas que hacer, pero no vuelvas aquí implorando ayuda —contestó el profesor empujándolo hacia la salida, con un nudo en la garganta y algo que, en tiempos de hidratación, debía ser una lágrima.

El hombre desfasado bajó las escaleras, las conocía de memoria y emprendió su camino hacia el sur, tanteando todo lo que sus ojos no podían ver. A la semana, en medio de la negrura y la soledad, murió de sed con un rictus.


*Arwitunas: animal desdentado de hábitos nocturnos de ambientes malsanos.

 
:βenotitlán: - Design by Searchopedia Turned to Blogger by TNB